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Nuevos métodos de pago que transforman las compras del día a día

Nuevos métodos de pago que transforman las compras del día a día

Si atendemos a una definición formal, dinero es todo objeto de valor claramente identificable que es aceptado de forma genérica para el pago de bienes, servicios y deudas en un mercado. Pese a que la historia del dinero, con su retrato más popularizado en la moneda y el billete, comienza alrededor del siglo VII al V a.C, el primer sistema de pago reconocido oficialmente fue el trueque.


Esa especie de “yo te doy, tú me das” no solo encarnaba un objetivo de beneficiarse por ambas partes de aquello que se estuviese cambiando, sino que generaba un valor añadido que hoy en día se ha convertido en el activo principal de empresas e instituciones de éxito: la confianza. La misma que ha hecho que esos objetos redondos, fabricados de metales preciosos, conquistasen el mundo a partir de comienzos del siglo XVII, y un trozo de papel, aparentemente sencillo, se convirtiese en su mejor aliado para realizar todo tipo de pagos de manera ágil.

Pero no fue hasta el siglo XX cuando el dinero en general, y los métodos de pago en particular, vivió su segunda gran revolución (la primera fue, como hemos señalado, el paso del trueque a la moneda). Hay que remontarse a una fecha no muy positiva para la historia de la humanidad, 1914, el comienzo de la Primera Guerra Mundial, que, sin embargo, sirvió para introducir una de las grandes innovaciones (¿A quién no le suena Visa, American Express o MasterCard?) que más de un siglo después perdura con firmeza: la tarjeta de crédito.

Fue la empresa Western Union quien creó una tarjeta para sus clientes más selectos, que no sólo les permitía acceder a un trato preferente, sino a una línea de crédito sin cargos. Su apuesta supuso todo un efecto dominó.

Hasta finales de los años 40, una gran cantidad de empresas comenzaron a emitir sus propias tarjetas de crédito conscientes del éxito de esta firma de Colorado, pero que solo tenían validez en sus establecimientos, como un método para atraer clientes y facilitar las compras a través del crédito.


Este concepto evolucionó hacia la tarjeta de crédito tal y como hoy se conoce: aquella con la que pagar en cualquier lugar, cualquier cantidad y ¿de forma segura? Aquí es donde realmente detectamos el origen del debate en torno a cuestiones como la privacidad de datos –tan pronunciada a la hora de hablar de tecnologías emergentes como el Big Data– o el eterno dilema entre libertad y seguridad.

En este sentido, los bancos jugaron un papel fundamental a la hora de convencer al cliente de que pagar con tarjeta de crédito no solo era igual de seguro que el tradicional pago en cash, sino que era incluso mejor, ya que dotaba al cliente de ventajas que el dinero en efectivo carecía. Tanto es así que en España, donde hasta 1978 que no se emitió la primera tarjeta, casi el 80% de la población las utiliza y es el segundo país de Europa que más fabrica. De nuevo, la confianza volvió a ser la estrella de esta etapa financiera.  

 

La revolución comienza en el Smartphone

Si la tarjeta de crédito supuso un antes y un después en la forma de entender el ritual de pagar, la propia evolución tecnológica la ha llevado también a enriquecerse de nuevas ventajas, como por ejemplo pagar con solo acercarla al terminal punto de venta del comercio (TPV). Es lo que se conoce como contactless. Esta tecnología se ha trasladado al Smartphone, el gran actor de la última década que ha cambiado la forma que tiene el usuario de relacionarse, no solo con sus finanzas, sino con el mundo en general.

Sin embargo, son las apps las que han hecho del teléfono inteligente algo más que un mero instrumento para pagar. Las nuevas generaciones de los nativos digitales son “multitarea”, tanto como el iPhone de Steve Jobs. De hecho, si algo consiguió el genio de Silicon Valley fue que la cultura digital sea un producto de consumo portátil contenida en gadgets de diseño. Eso son las apps: pequeños juegos que sirven para algo más que entretener, y en el caso de las finanzas para ser el claro dominador de la economía doméstica.
 

"La sociedad del siglo XXI es digital y ha democratizado la forma en que las personas efectúan sus pagos"


En este escenario han surgido plataformas de relevancia. Es el caso de OnePay, que permite hacer transferencias internacionales entre particulares de forma más rápida, ya que llegan a destino el mismo día en muchos casos o al día siguiente, y a los clientes conocer el importe exacto que llegará en la moneda del destinatario antes de confirmar la transacción. Pero si algo hace verdaderamente innovador a este nuevo servicio es su tecnología Blockchain, que además de postularse como uno de los grandes cambios del paradigma financiero internacional también lo hace a nivel social.

Como relata en el experto Francisco Vera, “con Blockchain podemos prestar dinero mediante dos direcciones anónimas, Internet da validez a la transacción, verifica que se haga y toda la comunidad puede ver los detalles de esa transacción (…) ¿Os imagináis una ONG en la que puedas ver qué cantidad de tu aportación ha llegado verdaderamente al tercer mundo y qué ha sucedido con el resto? Ya es posible”.

Dichas reflexiones van ligadas estrechamente también al concepto de capital que el economista y especialista en desigualdad económica y distribución de la renta, Thomas Piketty, detalla en su libro ‘El capital en siglo XXI’, cuando afirma que “el capital no es un concepto inmutable: refleja el estado de desarrollo y las relaciones sociales que rigen una determinada sociedad, la frontera entre lo que puede o no ser propiedad de unos individuos privados evoluciona sobremanera en el tiempo y en el espacio”.


Otras aplicaciones que también están dando que hablar son Bizum, que permite realizar pagos de móvil a móvil, sin números de cuenta de por medio y con opción de hacerlo con la voz gracias a la función Siri; o todo lo que engloba a los llamados Wallets, que han agilizado los métodos de pago acabando con la obligación de llevar encima siempre una tarjeta de crédito.

Lo cierto es que ni el dinero físico ni las tarjetas de crédito han desaparecido. Pero tampoco las apps han generado la desconfianza que otros cambios tecnológicos en el pasado. Una señal de que el mundo tecnológico avanza en paralelo con el humano.

La sociedad del siglo XXI es digital y ha democratizado la forma en que las personas efectúan sus pagos –en el sentido de que a golpe de clic es posible hacerlo–, ya sean nativos digitales o los llamados millennials, o quienes nacieron en épocas anteriores al ‘boom’ digital. Nadie se está quedando atrás.