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¿Carácter perfeccionista? Pros y contras de buscar siempre la perfección

¿Carácter perfeccionista? Pros y contras de buscar siempre la perfección

Un perfeccionismo bien entendido ayuda a progresar, alcanzar las metas propuestas y lograr el éxito. Pero no darse nunca por satisfecho puede comportar también algunos problemas a nivel personal y profesional si se lleva al extremo. La clave consiste en encontrar el equilibrio.


Hay una pregunta que no puede faltar en cualquier entrevista de trabajo: “¿Cuál cree que es su principal defecto?”. Y el candidato avispado, como si fuera un acto reflejo,  suele contestar: “Soy muy perfeccionista”. Una respuesta estudiada de antemano que tiene como objetivo darle la vuelta a la tortilla y convertir un supuesto defecto en una virtud. Porque claro, se presupone que para cualquier empresa es positivo tener empleados perfeccionistas, que se queden hasta las tantas para conseguir que un informe quede inmaculado o que corrijan a escondidas a sus compañeros.

Pues quizás haya que empezar a cambiar esa respuesta en las entrevistas de trabajo, porque ser ‘muy perfeccionista’ no es tan bueno como puede parecer, al contrario. Si se lleva al extremo, puede suponer para las empresas un lastre, ya que este tipo de personas no suelen trabajar en equipo, generan mal rollo y dilatan los plazos de entrega. En el terreno personal también se pueden producir situaciones incómodas, ya que el perfeccionista de tipo obsesivo suele pensar que los demás no están nunca a su altura en cuestiones de amistad o amor.

Sin embargo, un perfeccionismo mezclado con ciertas dosis de serenidad, autoaceptación y tolerancia resulta muy beneficioso para uno mismo y para los demás. Es entonces cuando se convierte en virtud. Es un rasgo necesario para progresar día a día, para alcanzar las metas que uno se va marcando a lo largo de la vida y para autorrealizarse. Se trata de no conformarse, de pensar que siempre se puede mejorar, que no hay que conformarse, que la mejor idea está siempre por llegar, de querer perseguir sueños ambiciosos…
 

El mundo es de los perfeccionistas

En todas las historias de éxito suelen encontrarse atributos propios de un perfeccionista, ya sea para inventar algo que revolucionará el mundo o para ser el número uno en un deporte. Pero siempre se debe mantener el equilibrio, y saber cuándo decir basta para que esa virtud no acabe convirtiéndose en defecto. Así que lo primero que habría que hacer es examinarse a uno mismo para detectar el propio grado de perfeccionismo. Y saber que todo comportamiento tiene su lado positivo y negativo:

Nunca dar nada por bueno. Esto es lo que permite al perfeccionista ir un paso más allá, pasar del aprobado al excelente. Ser consciente de que todo siempre se puede mejorar y que aún se le puede dar una vuelta más. Pero si no se sabe poner límites a esa búsqueda constante de la perfección se produce un efecto perjudicial: una sensación constante de insatisfacción que hace que no se vea nunca el momento de dar por terminado un trabajo o dar por cumplido un objetivo.

No aceptar los errores (suyos y de los demás). El perfeccionista no se permite fallar, y esto hace que esté muy atento a todo. Que repase las cosas una y otra vez para detectar hasta la más mínima incorrección. Y que las señale cuando las ve en otros. Un atributo importante para alcanzar la excelencia, pero que también le genera mucho dolor cuando se da cuenta que ha cometido un fallo que ya no puede arreglar. Para que no vuelva a suceder, redobla sus esfuerzos y el tiempo que dedica a las cosas, entrando en un círculo vicioso.

Hacer las cosas a su manera. Antes de emprender un viaje, se estudia a fondo la guía, traza un itinerario, calcula las distancias, hace una lista de sitios que visitar y escoge los restaurantes donde comer. Lo tiene todo calculado al milímetro, así que esto le convierte en un buen líder, en el que los demás pueden confiar. Sin embargo, le cuesta aceptar que alguien le proponga cambiar los planes o improvisar.

Ser inflexible con las normas. Para un perfeccionista, las normas están para cumplirlas. Y esto le otorga un elevado grado de honestidad y transparencia. A veces, sin embargo, le cuesta plantearse si esas reglas impuestas son positivas o negativas. Cuando es él quien las dicta, a veces puede pecar de inflexible, sin entender que a veces es necesaria cierta tolerancia y empatía.

Poner mucha atención en los detalles. La excelencia suele estar en las pequeñas cosas. Un escultor mediocre puede dar forma a un lanzador de disco, pero solo el genio se entretiene en perfilar cada músculo del cuerpo. El perfeccionista lo sabe, así que dedica mucho tiempo en atender todos los detalles. El problema viene cuando tanta exigencia le impide disfrutar de las cosas, porque siempre encontrará fallos en todo. No entiende que la vida también es imperfección.
 

Ventajas e inconvenienes del perfeccionismo

Expertos como Borja Vilaseca, autor de los libros ‘Encantado de conocerme’ o ¿Qué harías si no tuvieras miedo?’, aseguran que la búsqueda constante de la perfección puede acabar generando insatisfacción, ya que los perfeccionistas extremos sienten una sensación permanente de insuficiencia e insatisfacción. Y borrarla se convierte en el motor de sus actos. A un nivel más profundo e inconsciente, los especialistas hablan de que la persona con este carácter siente que es imperfecto y se impone una gran autoexigencia para mejorar. Una voz interior les juzga y les exige siempre más.

Cuando el perfeccionismo se convierte en una obsesión (y por lo tanto, en un defecto), la persona construye hábitos tóxicos. No sabe delegar porque no se fía de nadie y prefiere no trabajar en equipo; necesita aparentar ante los demás que es perfecto; no soporta ser criticado; quiere siempre imponer su forma de ver las cosas... Es muy probable que, en el fondo, todo sea una cuestión de inseguridad.

No obstante, ya se ha visto que cierto perfeccionismo puede ser muy útil para alcanzar objetivos como la productividad, la eficiencia y la excelencia. Pero siempre tiene que combinarse con otros atributos como la tolerancia, la aceptación y la serenidad. La clave está en el equilibrio.
 

Consejos para ser un perfeccionista “saludable”

Una dosis de realismo. Para escalar el Everest, antes se tienen que subir montañas mucho más bajas. Es importante saber siempre las posibilidades reales de cada uno y los factores externos: tiempo, recursos, objetivos, expectativas…

Ponerse límites. Si uno tiene tendencia a no dar nunca nada por bueno, puede ser una buena idea marcarse un plazo de entrega y respetarlo. O comprometerse con uno mismo a revisar las cosas una o dos veces como máximo.

Ceder la voz cantante. Se puede entrenar este aspecto en la vida cotidiana para comprender que los otros también tienen buenas ideas. Dejar que sea otro el que elija el restaurante, la película del cine o el plan para las vacaciones. También en el trabajo es importante admitir enfoques diferentes.

Comunicarse en positivo. Los expertos señalan que todos mantenemos un diálogo constante con nosotros mismos y que es muy importante cuidar las palabras. El perfeccionista suele decirse “esto no está bien” en vez de “has trabajado mucho en esto”. Valorarse a un mismo es clave para contrarrestar la insatisfacción.

Dejar paso al error. No hay que tener pánico a equivocarse, porque es lo que permite avanzar y mejorar. Para el perfeccionista, puede ser un buen proceso de aprendizaje permitirse fallar, especialmente en cosas que uno no domina. Al hacerlo, se dará cuenta que cometer un error de vez en cuando no es tan grave.