Drones, pastoreo y otras recetas contra los incendios forestales

La tecnología y la gestión medioambiental apuestan por soluciones que pretenden mantener los bosques a salvo de las llamas.

Leerlo te llevará 4 minutos

Además de los costes materiales y para la población, los grandes incendios forestales dejan una huella ecológica difícil de reparar. La tecnología y la gestión medioambiental apuestan por soluciones que pretenden mantener los bosques a salvo de las llamas.

Miles de hectáreas arden cada año, una catástrofe recurrente que arrasa ecosistemas y cada vez tiene un mayor impacto social. Tan solo en 2017, los incendios forestales consumieron 1,2 millones de hectáreas en Europa – el equivalente a la superficie de Chipre – y se cobraron 127 vidas, dejando daños estimados en 10.000 millones de euros. Estos datos, extraídos del documento más reciente de la Comisión Europea (CE), reflejan la magnitud de un problema que asola nuestros bosques durante todo el año, no solo en el instante en el que se captura la foto más dramática.

De hecho, este informe alerta de un nuevo patrón en Europa: las temporadas de incendios no se ciñen solo a los meses de verano y se extienden desde la castigada región mediterránea hacia países como Suecia, Alemania y Polonia. En los dos últimos años se han registrado grandes tragedias forestales como la de Pedrógão Grande en Portugal, el norte de España en 2017 o, más recientemente, los incendios de California (Estados Unidos). Según la CE, más del 90% de los casos tienen su origen en actividades humanas.

Raúl Quílez, doctor en Incendios Forestales y técnico en los Bomberos de Valencia, explica la intensidad de los grandes fuegos citados a partir de una “combinación de eventos asociados a la disponibilidad de los combustibles (sotobosque y árboles) a arder, un cambio en el patrón meteorológico derivado del cambio climático y el abandono del campo y de la gestión de masas forestales“. De manera que la exposición a estas catástrofes crece bajo condiciones extremas, como las olas de calor, fuertes vientos y sequías prolongadas.

Por ejemplo, 2018 fue menos nocivo para la península ibérica porque las lluvias del final del invierno y de la primavera, unidas a unas temperaturas más suaves, lograron mantener húmeda la vegetación y no se registraron fuegos de alta intensidad, que son los que los bomberos no pueden sofocar. Ante los riesgos que presenta depender de la meteorología en la gestión de estos desastres, es pertinente invocar el tópico de que “los incendios se apagan en invierno”, toda una invitación a la prevención.

La huella del fuego

“En los incendios de alta intensidad que consumen mucha superficie se quema el estrato de la hierba, el arbusto y el árbol. Se genera así un agujero en el ecosistema y podemos decir que es una situación grave”, explica Jordi Vendrell, geógrafo de la fundación Pau Costa. Sin embargo, subraya que es importante entender que “el fuego es parte del paisaje”, siempre que se hable de quemas de baja intensidad, provocadas por causas naturales como un rayo o programadas por el hombre para que arda el sotobosque y eliminar así matorrales que podrían convertirse en pasto de las llamas.

El suelo y el agua sufren terribles consecuencias derivadas de la eliminación de la capa vegetal, pues al dejar de existir, ya no ejerce su función de filtro y, si llueve, la corriente arrastrará las cenizas a los ríos, algo que “puede derivar en problemas en la calidad del agua”, según explica el doctor en Ecología y Medio Ambiente e investigador de la consultora ambiental Icatalist, Pedro Zorrilla-Miras. A largo plazo, la desaparición del manto puede derivar en un aumento de la desertificación y en riesgo de inundaciones y erosión.

Pasar a la acción

¿Qué se hace mientras tanto por los bosques? Desde WWF alertan de que en España cubren 13,1 millones de hectáreas, algo menos del 26% del territorio nacional y un 29% de la superficie que potencialmente podrían ocupar. Esta ONG reivindica la aplicación de la restauración ecológica, una estrategia integral para la regeneración de la naturaleza que va más allá de la mera plantación de árboles y que consiste en recuperar ecosistemas dañados. En España, el Gobierno y las Comunidades Autónomas se propusieron desde 2015 trabajar en una Estrategia Estatal de Infraestructura Verde y de la Conectividad y Restauración Ecológica que aún está en proceso.

“Lo que hay que hacer es un análisis y buscar soluciones a la carta en una óptica de cambio climático y a largo plazo”, considera el bombero Quílez, que además aboga por una “gestión sostenible porque tenemos un exceso de vegetación forestal de matorrales” que crecen de forma natural y sin control en terrenos arrasados por el fuego. Por eso, reivindica la utilidad de las quemas prescritas de baja intensidad, que “eliminan biomasa aérea susceptible de arder, pero no la del suelo, que sigue fijando carbono” y otras labores preventivas como los clareos, podas y desbroces.

La red de investigadores y agentes forestales de la fundación Pau Costa ha desarrollado desde hace un año y medio el proyecto piloto Ramats del foc (Rebaños de fuego) que promueve la ganadería extensiva en zonas forestales de Cataluña, de manera que el ganado paste aquello que sea susceptible de arder en el monte. Los productos lácteos derivados del pastoreo se venden con un sello de calidad “para que la gente se implique en reducir la carga combustible“, explica el geógrafo de la fundación Jordi Vendrell.

En el ecosistema de las start-ups han nacido varias soluciones que aspiran a apoyar las tareas de extinción. Es el caso de Drone Hopper, que fabrica drones como herramienta adicional para los bomberos y cuenta con plataformas con capacidad de entre 60 y 300 litros de agua. También hay proyectos que destinan estas aeronaves autotripuladas a labores de detección de riesgos.

Telefónica, la Universidad Carlos III, la start-up Divisek y la operadora Dronitec han diseñado un protocolo que coloca sensores térmicos y de humo en las torres de telefonía móvil para detectar posibles conatos de incendio. La alarma libera a un dron para capturar la información que enviará con tecnología 4G.

La reforestación es otra opción por la que se ha decantado CO2 Revolution, que ya plantó 1.000 hectáreas de árboles de especies autóctonas en el Parque Natural del Alto Tajo, calcinado en 2012, a través del lanzamiento de las semillas inteligentes “iseed” desde drones. En Galicia, Banco Santander firmó un convenio con la Xunta por valor de 800.000 euros para retirar madera quemada y plantar 105.000 abedules en zonas afectadas por incendios.

Quílez echa de menos una “mayor conexión entre las líneas de investigación en las universidades y la línea de acción”, para unir a los agentes forestales con un mismo enfoque que vaya más allá de la extinción. “La razón por la que no se invierte en conservación y detección de riesgos es porque no lo demandamos”, concluye el investigador Zorrilla-Miras. No hay tiempo que perder: los bosques tienen muchas bombas de relojería por desactivar.

Por Ana Gómez

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Quizás te guste