Cómo afectará el cambio climático a la vida real, ahora y en el futuro


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Para entender mejor las previsiones climáticas futuras, veamos cómo pueden afectar a la vida de alguien nacido en el año 2000.

El cambio climático ya ha tenido efectos graves, pero como sabemos por el ritmo constante y cada vez más fuerte de las previsiones de diversos organismos científicos, los peligros serán mucho mayores en las próximas décadas.

¿Pero cómo es esto en realidad?

Las previsiones de vida entre 2050 o 2100 parecen cosas de ciencia ficción, pero esas décadas aparentemente lejanas no están tan lejanas. El siglo XXII está aproximadamente a una vida de distancia. La gran mayoría de los adultos jóvenes de hoy verán el año 2050, y muchos niños que actualmente están en su guardería local o escuela primaria verán el año 2100.

Parece difícil para nosotros planificar escenarios que están a décadas de distancia, pero la ciencia climática tiene claro que nuestras acciones de hoy y de los próximos años marcarán una profunda diferencia para el planeta y sus habitantes en los años venideros.

¿Cómo afectará el cambio climático a la vida de los jóvenes de hoy? 

Imaginemos la vida de alguien que nació en el año 2000 y digamos que vive en Madrid, para concretar el escenario.

Nuestra hipotética joven madrileña, la llamaremos Laura,  cuya esperanza de vida le puede llevar hasta alrededor de 2080. Basándose en las estadísticas actuales, sus hijos podrían nacer en la década de los 30 y 40 y, seguramente, llegarán a vivir más allá de 2100.

Para desarrollar esto, necesitamos considerar dos escenarios, uno en el que se hagan esfuerzos significativos pero no rigurosos para controlar las emisiones de carbono, y el otro en el que se haga poco, siendo este último el camino en el que nos encontramos actualmente. Mucho dependerá de las acciones que la humanidad tome entre ahora mismo y la mitad del siglo.

¿Cómo será su mundo?

Para 2050, los escenarios de bajas y altas emisiones ya estarán empezando a divergir, aunque no tanto como lo harán más adelante. El nivel del mar subirá en cualquiera de los dos escenarios, unos 20 centímetros con emisiones más bajas y más de 25 cm con emisiones más altas. Por ejemplo, el aeropuerto de San Francisco está aproximadamente a 1 metro sobre el nivel del mar, por lo que con mareas altas y ciclones de tormentas lo inundarán.

Los periodos de sequías importantes serán cada vez más habituales, incluso en el escenario de emisiones más bajas, pero serán dos veces más frecuentes con emisiones de CO2 más altas. La temperatura en el Ártico aumentará entre 3 y 5 grados centígrados para 2050, y entre 5 y 8 para 2080.

A finales del siglo (2080 a 2100), Laura será anciana o habrá muerto, sus hijos podrían estar jubilados, y bien podría tener nietos o incluso un bisnieto. Para entonces, las diferencias entre los escenarios de emisiones más bajas y los de emisiones más altas serán muy marcadas.

España no está en la misma situación que, por ejemplo, Países Bajos. El derretimiento de los polos no inundaría la Península Ibérica, pero sí afectaría a las costas. Una subida de un metro acabaría con el Delta del Ebro; tres metros, como apuntan los estudios más pesimistas, haría que desapareciesen gran parte de las playas del Mediterráneo, del sur y de Galicia.

En concreto, ante este dramático escenario que se prevé, grandes ciudades como Barcelona, Valencia, Vigo, La Coruña y Santander se verían enormemente afectadas, con la desaparición de sus costas e infraestructuras portuarias tal y como las conocemos hoy. La peor parte se la llevaría Punta Umbría, en Huelva, Cádiz, Algeciras, Tarifa, Barbate y Chiclana, así como las Rías Baixas y el Golfo de Rosas, en Girona.

Asimismo, Parques Naturales tan importantes como el de Doñana quedarían totalmente anegados, el “mar de plástico” de Almería, con la gran presencia de invernaderos, desaparecería, y la albufera valenciana pasaría a ser un recuerdo.

Fuera de España, el mundo de la hija y los nietos de Laura cambiará enormemente. A nivel mundial, a finales de siglo, veríamos “olas de calor sin precedentes, sequías severas e inundaciones importantes en muchas regiones, con graves impactos en los humanos, los ecosistemas y los servicios asociados”, según un informe del Banco Mundial. Por ejemplo, la ola de calor de 2010 que mató a más de 50.000 personas en Rusia pasaría a convertirse en algo usual. Y lo peor es que el Banco Mundial no aporta garantías de que podamos adaptarnos a ese mundo.

Por supuesto, los modelos climáticos a largo plazo predicen probabilidades, no certezas, y son más inciertos a nivel local o regional. Además, la demografía varía según la raza, la edad y la clase social, por lo que un análisis realmente completo tendría que tener en cuenta estos factores y considerar las tendencias futuras al pensar en la esperanza de vida, la fecundidad y la procreación.

Conclusiones sobre cómo nos afectará el cambio climático

Con todo esto, se deberían sacar, al menos, tres conclusiones:

La primera es que 2100 no está tan lejos. Los hijos de alguien como Laura probablemente lleguen a ese año, y sus hijos lo harán con total seguridad.

La segunda conclusión es que incluso el escenario de emisiones más bajas causará un serio calentamiento y todos los problemas que ello conlleva. Nosotros, como habitantes del planeta y responsables de su futuro, tenemos que hacer un esfuerzo enorme para reducir las emisiones mundiales lo antes posible.

La tercera está relacionada. El futuro no está arreglado. Incluso si no alcanzamos los objetivos marcados contra el cambio climático, lo que hagamos seguirá marcando una gran diferencia. Los cambios que hagamos hoy para frenar las emisiones se irán acumulando con el tiempo. Por tanto, tenemos una enorme responsabilidad para dar forma al mundo y para preservarlo, no sólo por la hipotética Laura, sino para todas las generaciones futuras.

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